LA DOBLE VIDA DEL ESCOMBRO
"Los escombros, como la energía, no se destruyen, se transforman". Al menos eso plantean en Europa, donde hasta hace varios años el contenido de los miles de contenedores sembrados por las calles iban derecho a una escombrera y allí, bajo una fina capa de vegetación, acababan sus días.
Ahora no es así. Desde hace una década, la ley dice, tomando como ejemplo la legislación española, que "queda prohibido el abandono, vertido o eliminación incontrolada de residuos en todo el territorio nacional y toda mezcla o dilución de residuos que dificulte su gestión", de forma que lo que un día fueron ladrillos y bloques de hormigón ahora vuelven a la obra en forma de material de relleno de viales, zanjas, calles, cubiertas, sótanos y cimientos para carreteras.
Una planta escombrera de España hoy recibe una amalgama de materiales cerámicos, bloques de hormigón, maderas, chatarra y plásticos; cascotes y basura, que terminan su primer ciclo de vida útil para, una vez cribados y clasificados, iniciar un segundo.
Lo que sale es un material clasificado por tipo, calidad y tamaño, amontonado tras varios procesos separación, machaqueo, cribado y limpieza por aire y agua. El 90% de lo que se recibe vuelve a la obra reciclado.
"Todos los residuos que generan la construcción y demolición de edificios pasan por una planta de reciclado, se procesan y revalorizan para reducir al máximo el número de vertidos", explica un especialista.
En las demoliciones, los residuos inertes no contaminantes son sólo uno de los procesos asociados al reciclaje. El tratamiento de pinturas, metales pesados y materiales como el amianto complican y encarecen esa tarea. Para facilitarlos y abaratarlos, cada vez son más habituales los procesos de separado de materiales en origen -a pie de obra-, más barato y accesible.