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Buckminster Fuller el hombre de las Cúpulas y de las ciudades utópicas


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Cuando el ingeniero e inventor estadounidense Richard Buckminster Fuller imaginó en 1962 una ciudad flotante capaz de albergar miles de personas, no estaba pensando en una fantasía de ciencia ficción, sino en una respuesta concreta frente a posibles catástrofes globales.

La idea cobra una dimensión particular si se consideran fenómenos extremos como el impacto del meteorito que hace 66 millones de años provocó la extinción de los dinosaurios. Los estudios indican que aquel cuerpo celeste cayó en el océano a unos 72.000 km/h y generó olas de dimensiones extraordinarias.

Frente a un escenario de esa magnitud, Fuller imaginó estructuras capaces de elevarse sobre el nivel del mar y garantizar condiciones de supervivencia hasta que fuera posible regresar a tierra firme.

Fuller desarrolló en los 60 la idea de una ciudad flotante, no en el agua sino en el aire, a partir de esferas con capacidad para contener una ciudad.

Fue una de las utilidades de su creación por excelencia: las cúpulas geodésicas, estructuras compuestas por triángulos o polígonos formando un elemento resistente, autoportante, ligero y eficiente.

Con esas cúpulas y atendiendo la necesidad de disponer de planes alternativos al uso de la tierra fue que desarrolló Cloud Nine (Nube nueve), un conjunto de hábitats aéreos contenidos en esferas geodésicas, las cuales podían levitar calentando el aire en su interior por encima de la temperatura ambiente.

Estas esferas se vuelven más resistentes y ligeras a medida que aumentan su diámetro, debido a cómo se distribuye la tensión sobre su superficie. Fuller sugirió que la masa de una esfera de 1,5 km de diámetro resulta insignificante en comparación con la del aire atrapado en su interior. Si ese aire se calentara un grado por encima de la temperatura ambiente, la esfera podría elevarse y tener capacidad para incluir “miniciudades”.

Cada ciudad podía estar amarrada a algún punto, flotar libremente o ser maniobrable para trasladarse de acuerdo a cada situación.

Si bien cuando Fuller desarrolló su idea sabía que no se estaba en condiciones de hacerla realidad, él creía que los avances en la ciencia e ingeniería proporcionarían la relación resistencia-peso necesaria para construir estas estructuras.

De acuerdo a algunos analistas, los materiales ultraligeros y de alta resistencia que hoy desarrolla la industria permitirían la construcción de estas cúpulas, utilizando, por ejemplo, nanotubos de carbono y compuestos de grafeno.

Paneles solares integrados al exterior proporcionarían energía durante el día, mientras que tecnologías de almacenamiento permitirían mantener el aire en condiciones.

Los avances en control climático permitirían regular de forma autónoma las condiciones internas.

De hecho, el desarrollo que han tenido los materiales ligeros y los avances en sostenibilidad y exploración de estructuras modulares siguen en parte estas utopías de Fuller.

Moléculas, el detalle

Las contribuciones visionarias de Fuller tuvieron repercusiones en otros ámbitos. En 1985 un equipo de científicos integrado por Harold Kroto, Robert Curl y Richard Smalley estudió su trabajo buscando una estructura para moléculas cerradas. Las investigaciones condujeron a un descubrimiento que denominaron “buckminsterfullereno”, una estructura molecular compuesta por 60 átomos de carbono y con múltiples aplicaciones médicas, industriales y comerciales. Ese trabajo les valió recibir el Premio Nobel de Química en 1996.

Una pirámide

Otra propuesta urbana-habitacional de Fuller fue la pirámide cristalina flotante, la cual diseñó para el empresario Matsutaro Shoriki, quien buscaba alternativas de emplazamiento ante la poca disponibilidad de tierra en Japón.

Su forma es la de un tetraedro con aristas de tres kilómetros y capacidad para albergar un millón de habitantes. La composición tetraédrica con celosías de aluminio hace que la estructura sea resistente a los tsunamis.

Tritón

También en la década de 1960 Fuller desarrolló una ciudad flotante en el agua bautizada Tritón, construida a partir de módulos tetraédricos.

Recibió el encargo de un empresario japonés, pero, sorprendentemente, el Departamento de Desarrollo Urbano de Estados Unidos le encargó el diseño y análisis.

“Tres cuartas partes de nuestro planeta están cubiertas de agua que podría albergar ciudades, barcos con la autonomía de un buque oceánico, pero siempre anclados”, explicó.

El Departamento de Vivienda envió los planos a la Marina, donde fueron aprobados. La ciudad de Baltimore, al enterarse del proyecto, solicitó que Tritón se instalara frente a sus costas. Debido a cambios en las administraciones federales, el proyecto nunca se llevó a cabo.

Manhattan

Fuller planteó también la posibilidad de cubrir una ciudad bajo una cúpula geodésica, y para eso eligió Manhattan. Propuso una cúpula de tres kilómetros de diámetro que cubriría parte de la ciudad mediante una estructura con una membrana porosa, un sistema de paneles opacos y traslúcidos para controlar la temperatura interior y evitar el efecto invernadero.

Pese a que costaría 300 millones de dólares, la obra sería económicamente rentable al reducir las pérdidas de calor unas 80 veces. “Solo evitar quitar la nieve bajo la cúpula amortizaría su costo en tan solo diez años”, dijo Fuller.

Las cúpulas, esa creación

Fuller patentó su cúpula geodésica en 1954. Un año antes había diseñado una para la Ford Motor Company, en Dearborn, Michigan. Se trataba de un edificio de 10 pisos, construido con plástico y acero, que no estaba diseñado para el peso de una cúpula tradicional. La cúpula de Fuller pesaba un 95 % menos, era impactante y fácil de instalar. Cubrió el patio de 28 metros de diámetro con un armazón de 12.000 puntales de aluminio y pesaba solo 1700 kg.

Otro cliente temprano de Fuller fue el ejército estadounidense, que utilizó sus cúpulas para cubrir sus estaciones de radar en el Círculo Polar Ártico.

Según el Instituto Buckminster Fuller, hoy existen más de 300.000 cúpulas geodésicas en el mundo, desde refugios en California y África hasta estaciones de radar y en parques.

Hoy es considerada un tipo de cubierta adecuada para atender las necesidades de millones de personas desplazadas por fenómenos meteorológicos. Son estructuras capaces de soportar vientos huracanados de hasta 320 kilómetros por hora y permiten construir refugios en entornos vulnerables. Al ser muy ligeras, pueden construirse sobre pilotes para resistir los daños causados por inundaciones.

Las cúpulas encarnan además principios de conservación y sostenibilidad, eficientes en el uso de recursos y energía y pueden alcanzar una huella de carbono neta cero, lo que supone controlar las emisiones de gases de efecto invernadero y frenar el cambio climático.


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