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La habitación enferma


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Cómo dos sanatorios antituberculosos diseñaron, sin proponérselo, el vocabulario del interior moderno

El interiorismo minimalista contemporáneo repite un gesto que rara vez explica, paredes lisas, superficies que no acumulan objetos, ventanas grandes, ausencia casi total de molduras y texturas rugosas. Se presenta como una elección estética, una preferencia de época por lo despojado. Pero ese vocabulario no nació en un estudio de arquitectura pensando en la belleza. Nació en dos sanatorios para tuberculosos construidos en la Europa de entreguerras, donde cada decisión formal respondía a una pregunta médica muy concreta sobre qué superficie, qué luz y qué disposición del cuerpo ayudaban a que un paciente sobreviviera. Paimio, en Finlandia, y Zonnestraal, en los Países Bajos, son los dos casos mejor documentados de esa genealogía, y ninguno de sus arquitectos conocía en profundidad el trabajo del otro cuando llegaron, por caminos separados, a soluciones sorprendentemente parecidas.

A comienzos del siglo veinte la tuberculosis era la primera causa de muerte en buena parte de Europa, y la medicina todavía no contaba con un fármaco eficaz contra el bacilo que la provoca. El único protocolo disponible era ambiental y consistía en exposición prolongada al sol, aire en circulación constante y superficies que no retuvieran polvo ni humedad, porque el polvo era vehículo de contagio. La historiadora Margaret Campbell reconstruyó ese vínculo en un artículo de referencia publicado en 2005 en la revista académica Medical History, donde sostiene que el régimen de cura sanatorial tuvo consecuencias directas sobre el diseño modernista de las décadas siguientes. Esa lectura es una interpretación historiográfica, no un hecho documentado en los archivos de obra de Aalto o de Duiker, y conviene sostenerla como tal antes de tomarla como dato cerrado.

Bajo esa premisa médica se construyeron, entre mediados de los años veinte y comienzos de los 30, decenas de sanatorios en toda Europa. Dos de ellos quedaron como referencia obligada de la arquitectura moderna, no por ser los únicos sino porque sus arquitectos entendieron que cada objeto del edificio, desde una manija de puerta hasta un lavabo, formaba parte del tratamiento.

Alvar Aalto tenía 30 años cuando ganó, junto a su esposa y socia Aino Aalto, el concurso de 1929 para el sanatorio de Paimio, emplazado en un bosque de pinos al sudoeste de Finlandia. La obra se completó en 1933. El programa médico exigía ventilación cruzada y helioterapia, es decir, exposición sistemática de los pacientes al sol, y los Aalto tradujeron esa exigencia en decisiones de detalle que hoy se leen como vocabulario de diseño puro. Los lavabos se diseñaron con la pileta inclinada para que el agua cayera sin ruido de salpicadura y no interrumpiera el descanso de los pacientes en cama. Los pisos eran de superficie no porosa y las uniones entre piso y pared se resolvieron curvas para facilitar la limpieza. Cada habitación tenía acceso a un balcón desde donde la cama podía salir directamente al aire libre.

El color también respondía a una lógica funcional y no decorativa. El cielorraso de las habitaciones, que el paciente veía acostado durante meses, se pintó en tonos oscuros para reducir el resplandor, mientras que la escalera principal se resolvió en amarillo, dentro de un esquema cromático que Aalto desarrolló junto al artista decorativo Eino Kauria. La silla Paimio, hoy un objeto de colección que Artek sigue fabricando, se talló en madera laminada curva con el único propósito de enderezar la columna del paciente y facilitarle la respiración. Nada en el edificio, según lo documenta la Fundación Alvar Aalto, se pensó primero como estilo.

A pocos años de distancia, y sin relación directa con los Aalto, el arquitecto neerlandés Jan Duiker junto a Bernard Bijvoet y el ingeniero estructural Jan Gerko Wiebenga, proyectó el sanatorio Zonnestraal, en Hilversum. El encargo llegó del sindicato de trabajadores diamantinos de los Países Bajos, cuyos afiliados desarrollaban afecciones respiratorias por el polvo de piedra que aspiraban al pulir gemas. El proyecto se inició en 1925, el edificio entró en funcionamiento en 1928 y las obras se dieron por terminadas en 1931.

Duiker compartía con Aalto la convicción de que la luz y la circulación de aire eran terapéuticas, y llevó esa idea a un extremo que Paimio no exploró. Construyó el sanatorio asumiendo que la tuberculosis se erradicaría en un plazo aproximado de 30 años, y por lo tanto eligió materiales y estructuras pensados para durar exactamente ese tiempo, no más. Esa decisión, que hoy se lee casi como un gesto conceptual, explica en parte por qué Zonnestraal cayó en un deterioro severo después de la muerte de Duiker en 1935 y de la caída de los casos de tuberculosis en la posguerra, y por qué tuvo que ser restaurado casi por completo entre fines de los años 90 y comienzos de los 2000, en un trabajo que le valió a sus restauradores el premio Modernism del World Monuments Fund y Knoll en 2010.

Ni Aalto ni Duiker diseñaron pensando en un living contemporáneo. Diseñaron para pacientes que pasaban meses acostados, con la vida reducida a lo que se ve desde una cama. Sin embargo, la investigadora Eva Eylers, en su tesis doctoral sobre el sanatorio y la planificación urbana moderna, ubica a Paimio y a Zonnestraal como piezas centrales de un mismo argumento. Sostiene que el tipo sanatorial no se agotó en el tratamiento de la tuberculosis, sino que funcionó además como laboratorio donde se ensayaron soluciones que después migraron a la vivienda urbana corriente, desde la terraza solárium hasta la ventana corrida. Otra vez, se trata de una tesis académica y no de una cadena documental de causa y efecto rastreable obra por obra.

Lo que sí está documentado, porque lo señala la propia curaduría de museos como el Cooper Hewitt del Smithsonian, es que ese repertorio formal (luz, aire, limpieza, acceso al exterior) inspiró cambios profundos en el diseño de viviendas y de ciudades enteras en las décadas siguientes. El vocabulario es el mismo, superficie lisa, ausencia de ornamento, luz directa, y se volvió sinónimo de modernidad doméstica ya despojado de su origen clínico.

Cuando un proyecto de interiores actual elige guardarropas sin manija visible, pisos continuos sin zócalo o paredes libres de objetos, está citando, casi siempre sin saberlo, un protocolo diseñado contra el bacilo de Koch. La diferencia es que Aalto y Duiker tenían una razón clínica verificable para cada decisión, mientras que buena parte del minimalismo residencial actual repite la forma sin la pregunta que la originó y la ofrece como una cuestión de gusto o de estatus.

Entender ese origen no obliga a abandonar la estética despojada, pero sí cambia lo que un interiorista puede argumentarle a un cliente. La superficie limpia, por sí sola, no asegura salud ni bienestar. Fue una respuesta arquitectónica a una enfermedad concreta, en un momento histórico concreto, y trasladarla sin ese contexto convierte una decisión clínica en un gesto de estatus. Esa es la genealogía que conviene tener presente antes de repetir un lenguaje formal sin preguntarse de dónde salió.


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