El sitio de la construcción del sur argentino

Abril 2012 - Año XXII
Al Borde de la Línea

EL INGRATO DESTINO DE UNA OBRA DE UN MAESTRO DE LA BAUHAUSS

por Ing. Mario Minervino

Perdida entre ómnibus estacionados de manera anárquica, en un lote en esquina sobre una colectora de tierra que refuerza la calidad de abandono del lugar, recostado sobre una ruta, la ciudad de Mar del Plata cuenta con una obra arquitectónica fantástica que sigue sin mayores inconvenientes ni trabas su camino hacia la ruina. Hoy se diría que es “un edificio de marca”, un trabajo cuyo autor le otorga una jerarquía y un valor adicional único, un edificio que podría generar un turismo distinto, el de quienes se interesan por el arte, la arquitectura y el diseño.

Se trata de un edificio diseñado en 1947 por el arquitecto Marcel Breuer, uno de los más destacados profesores de la Bauhaus, la mítica escuela de arte alemán creada por Walter Gropius y dirigida, en su última etapa por Mies van de Rohe.

La construcción fue bautizada Parador Ariston, y su forma sinuosa, aparece perdida y fantasmal en la actual Playa Serena, sobre la ruta provincial Nº 11, el viejo camino que unía a Mar del Plata con Miramar, a pocos metros del faro de Punta Mogotes.

Marcel Lajos Breuer

Buen diseño en muebles y arquitectura

Breuer Nació en Pécs, Hungría, el 21 de mayo de 1902. Estudió en la Bauhaus de Weimar, Alemania, en la época en que Walter Gropius dirigía esta escuela de diseño y arte, donde se catalizaron las ideas estéticas más importantes del movimiento moderno. De esa mítica escuela se hizo cargo del taller de muebles, donde diseñó, entre otro mobiliario, la denominada silla B3, la primera realizada en tubo de acero en la historia y que fue reconstruida en serie en la década del 60 con el nombre de “wassily”. Esa silla se hizo muy reconocida porque la adoptó el famoso pintor Kandinsky, otro de los profesores de la Bauhaus. De hecho el histórico edificio de esa escuela todavía tiene en sus zonas de espera ese mobiliario. Con la llegada del partido nazi al poder Breuer tuvo que exiliarse, primero en Inglaterra (1933) y más tarde en Estados Unidos (1937). Allí, junto con Gropius, impartió clases en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Harvard. En 1945 realizó, por cuenta propia, el diseño de La Casa Geller I, la primera en usar el concepto de vivienda binuclear, caracterizada por tener en alas separadas y divididas por el hall de entrada, los dormitorios por un lado y la cocina/sala/comedor por el otro. En 1946 proyectó, junto con el italiano Pier Luigi Nervi y el francés Bernard Zehrfuss, el nuevo edificio de la Unesco en París. En 1956 fundó, en Nueva York, la Marcel Breuer Associates, y adoptó el cemento como material de construcción, y con él un nuevo lenguaje arquitectónico, el brutalismo. Sus edificios se caracterizan por el empleo de materiales naturales, como grandes bloques de piedra sin pulimentar, madera u hormigón rugoso. Así fue como en 1966 diseñó el Museo Whitney de Arte Americano de Nueva York, acaso una de sus obras emblemáticas. Falleció en New York, el primero de junio de 1981. A los pocos días de su muerte el diario español El País escribió: “El arquitecto y diseñador de origen húngaro Marcel Breuer, fallecido el pasado jueves en Nueva York, a los 79 años, era más un artista que un constructor, y por ello partía de lo decorativo para llegar a lo arquitectónico. Esa vocación le convirtió, en su campo, en uno de los creadores más incluyentes del siglo, junto con Gropius y Mies van der Rohe, salidos, como él, de la famosa escuela de la Bauhaus, que revolucionó la estética de la arquitectura interior y exterior en todo el mundo”.

Breuer realizó su trabajo contratado por los promotores de una villa que comenzaba tomar forma en la zona, en el deseo de valorizar con construcciones de jerarquía la arquitectura del lugar y también buscando que la Argentina enriqueciera su arquitectura con obras de profesionales “de renombre universal”, según detalló una revista de época. El trabajo fue posible por la visita que Breuer realizó a Buenos Aires en 1947, invitado por la Universidad de Buenos Aires para dictar un curso de dos meses a los estudiantes de arquitectura. En el proyecto del edificio colaboraron los docentes y arquitectos Carlos Coire y Eduardo Catalano.

El diseño del Parador tiene forma de trébol, de modo de permitir observar el mar y las dunas, resuelto su cerramiento con ventanales corridos vidriados. La estructura de hormigón armado está constituida por un sistema hiperestático de cuatro pórticos múltiples. En la losa superior las piezas horizontales de los pórticos aparecen invertidos a fin de lograr un cielorraso de superficie continua. Las losas poseen doble armadura, a fin de disminuir su sección. Con el mismo propósito las piezas verticales fueron empotradas en sus bases. Dada la cantidad de hierro necesaria para las piezas verticales se utilizó en el hormigón piedra Mar del Plata partida, con medida máxima de ¾”, y manteniéndose la relación 40% de la arena de médano y 60% de polvo de cantera. En la planta baja, llamada la caja de vidrio, se ubicó el hall de llegada, guardarropas y toillets. En la parte posterior (formando un volumen independiente) se ubicaron las dependencias de servicio para el maître, con cinco habitaciones para mozos, toilletes, comedor y depósito.

En el primer piso, se encontraba el salón, bar y cocina y la pista de baile, revestida con chapas de metal inoxidable sobre entablonado de madera machimbrado. Se protegió la superficie que mira al oeste con mayores elementos opacos, debido a las condiciones climáticas. Además, tenía cortinas de colores primarios (rojo, verde, azul) que bordeaban los lóbulos restantes, permitiendo controlar los efectos del sol.

El parador cerró sus puertas en los 50 y el edificio tuvo un nuevo destino, el de servir como boliche bailable, marcando una época en las emblemáticas décadas de los 60 y 70. En 1993 funcionó como lugar de comidas, “Brumas y Arena”, hasta 1996, en que dejó de funcionar. A partir de allí le tocó el peor de los destinos para este tipo de bienes: el desuso, el abandono. Los vidrios se rompieron, comenzaron las filtraciones de agua y la ruina de sus partes a partir de la falta de mantenimiento. Con el tiempo los vidrios se reemplazaron con maderas, aparecieron algunas obras linderas y comenzó el vandalismo.

Más allá del aspecto que hoy presenta el inmueble, no son los ojos del común de la gente los que puedan entender lo simple que puede resultar su recuperación si se admite y reconoce su alto valor artístico: el diseño de un maestro de la Bauhaus, nada menos.

Sus propietarios intentaron en algún momento promover algún tipo de reconstrucción con apoyo por parte de la comuna, sin tener respuesta alguna.

Para ello, debería primero ser reconocido como bien patrimonial (no tiene ese rango en la ciudad). Los especialistas aseguran que el Parador Ariston es de interés colectivo porque la gente recuerda aquellas obras que tiene que ver con su historia, su identidad, valor simbólico y con aspectos que definen justamente el patrimonio cultural local.

Si fuera declarada patrimonio se eximiría de determinados requisitos económicos que tendería a ayudar al propietario. Conjuntamente con el asesoramiento técnico del área, para orientarlos sobre las intervenciones que hacer que no desdibuje el valor del inmueble.

Lo cierto es que el sinuoso inmueble sigue de pie, de frente al mar. Semioculto, con sus vidrios reconvertidos en madera. Es una obra de arte de alto valor. Quizá sea tiempo de encarar su definitiva recuperación.

Ideas al pasar

El Ariston reformado


Tres meses en la universidad llevaban los estudiantes de Arquitectura en la universidad de Mar del Plata cuando su profesor les dio un trabajo tan interesante como motivador: recomponer el parado Ariston. “Para culminar un cuatrimestre muy pleno, les propusimos un tema de alta complejidad: la intervención en el Ariston de Coire, Catalano y Breuer; tema complejo ya que más allá de la reflexión que impone su deterioro, los obligó a bucear en la historia de la arquitectura moderna, tratando de comprenderla como catalizadora de diversos fenómenos culturales y sociales que caracterizaron una época”, señaló uno de los docentes implicados en el trabajo. El resultado fue un grupo de maquetasen escala 1: 25, de gran rigurosidad. Todas las propuestas dieron una respuesta “comprometida” con el problema planteado. Algunas, más conservadoras; otras planteando diseños más vanguardistas. Todas recuperando, con bastante simpleza, el edificio.
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