No es cierto, como afirma un mito urbano, que la Gran Muralla China sea la única obra realizada por el hombre que puede verse desde la Luna. En realidad, no hay construcción humana alguna que pueda siquiera observarse siquiera una vez que se abandona la atmósfera. Sin embargo, esa idea ha perdurado en el tiempo y le ha dado a la muralla un componente adicional a las numerosas leyendas que existen a su alrededor.
Este muro que recorre 21.000 kilómetros, se construyó para defender el territorio chino del ataque de los bárbaros y fue, en gran medida, producto del accionar de un hombre que, tras haber vivido apenas 49 años, modificó para siempre la historia de su país.
Jorge Luis Borges, en su libro Otras Inquisiciones, dedica un capítulo a la figura de Shih Huang Ti. Le inquietó descubrir que quien fuera primer emperador de China fue el mismo que ordenó iniciar la construcción de esa edificación y, a la vez, dispusiera quemar todos los libros anteriores a su reinado. “Que las dos vastas operaciones —las seiscientas leguas de piedra opuestas a los bárbaros, la rigurosa abolición de la historia, es decir del pasado— procedieran de una persona y fueran de algún modo sus atributos, inexplicablemente me satisfizo y, a la vez, me inquietó”, escribió.
Lo cierto es que Shih Huang Ti hizo todo a gran escala. Fue el responsable de conquistar los seis territorios en que estaba dividida China y unificarlos para siempre, siendo su primer emperador. Una vez unificado el país mandó construir la Gran Muralla, que se extiende desde el Paso Jiayuguan hasta el golfo de Bohai, cruzando once provincia y dos regiones autónomas.
La construcción comenzó 221 años a.C. y continuó durante cientos de años. La dinastía Ming (1368-1664) agregó las torres y la expandió a lo largo y ancho.
En cuanto a su construcción, fue clave recurrir a materiales propios del lugar en que se estaba trabajando, con lo cual hay varios tramos resueltos con distintos materiales. Ese concepto de favorecer los productos locales, hoy tan en auge, ya había sido considerado por los chinos, por practicidad y economía.
La muralla tiene distintos espesores y alturas. Una de las secciones más impactantes, realizada por la dinastía Ming, tiene 11 kilómetros de largo, entre cinco y ocho metros de alto y un ancho de seis metros en la base.
En el recorrido hay 24.000 torres, todas diferentes según la dinastía que las construyó. Una de sus características fue camuflarlas, con una sola escalera y una entrada de difícil acceso.
La técnica utilizada en el muro fue realizar un esqueleto de madera que se rellenaba con capas de tierra, una sobre otra. Se dejaban secar y luego se retiraba el armazón, quedando muros bien sólidos, en algunos tramos mezclada la tierra con piedras o cubiertas con ladrillos.
Cerca de Pekín se utilizó piedra caliza, en otros sitios se recurrió al granito o al ladrillo cocido y en ciertas regiones se colocaron piedras con alto contenido en metal, las cuales le daban a la pared el aspecto de estar hecha con piedras de plata.
Los caminos superiores de la muralla eran una mezcla de piedra y mortero, en cuatro o seis capas, compactados con rodillos hechos con troncos de árbol, quedando un pavimento fuerte y de buena circulación.
La mano de obra la aportaron decenas de miles de trabajadores forzados, bajo custodia, llegados desde toda China. Cabe destacar que pueblo no consideraba a la muralla como un símbolo de defensa, sino como el lugar adonde se enviaba a la gente a trabajar hasta morir.
Actualmente queda muy poco de la traza original. Se conserva un tramo, visitado por turistas de todo el mundo, que ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad.
El primer emperador chino tuvo varias obsesiones a lo largo de su corta vida. A la quema de todos los libros anteriores a su existencia y la construcción de la Gran Muralla sumó la búsqueda de un elixir de la inmortalidad. Ti no aceptaba la muerte y buscaba su propia eternidad.
Para eso envió expediciones a tierras lejanas, reclutó alquimistas y se rodeó de sabios taoístas que le prometían pociones capaces de vencer al tiempo. Muchos de esos brebajes tenían como ingrediente principal el mercurio, completamente agresivo para el cuerpo humano, que en esa época tenía ciertas connotaciones mágicas; se lo consideraba un material con “vitalidad” propia.
Shi Huang convirtió esas pociones en parte de su rutina y al poco tiempo comenzó a sufrir las consecuencias físicas: temblores, paranoia, alucinaciones y fallas renales, síntomas que mostró hasta su prematura muerte a los 49 años de edad. No llegó a recibir a sus enviados a la isla de Penglai, donde, se decía, vivía una estirpe de inmortales.
A pesar de todo, no perdía la esperanza de ser inmortal, por lo que Shih Huang Ti tomó las debidas precauciones para cruzar el umbral de la muerte. Para ello mandó construir una tumba que reproducía, bajo tierra, una versión de su imperio, con grandes palacios y ríos de mercurio que representaban los cursos de agua de China.
Además, contrató a cientos de artistas para la ejecución de un ejército de terracota a escala, destinado a custodiar su tumba, enterrado en las proximidades del sepulcro.
Esta obra increíble fue descubierta de casualidad en 1974, cuando unos agricultores encontraron la cabeza de un guerrero. No imaginaban que era apenas uno de los 8000 soldados ubicados en formación de batalla, distribuidos en tres fosas de entre cuatro y ocho metros de profundidad.
Un equipo de restauradores fue recuperando y rearmando cada guerrero, ya que la mayoría se encontraba en mal estado, probablemente como consecuencia de agresiones posteriores por parte de dinastías que odiaban a Shih Huang.
Los especialistas detectaron que los artesanos usaron para la ejecución de cada figura el método de apilar y unir rollos de arcilla, uno encima del otro. Primero hacían las partes principales del cuerpo, incluidos los pies y las piernas, y por separado la cabeza y los brazos. Después de que el cuerpo se secara, se aplicaba una segunda capa de barro fino y sobre ella se tallaban los detalles de la armadura y la ropa.
Cada guerrero tiene expresiones faciales distintas, “un detalle que demuestra el realismo del antiguo arte chino”, mencionó un restaurador.
Además de los soldados se encontró una caballería de 150 animales y 130 carros tirados por otros 520 caballos. También figuras no militares, como funcionarios, acróbatas, forzudos y músicos.
En 1980 se descubrieron dos carros de bronce, cada uno formado por más de 3000 piezas, tirados por cuatro caballos y, en 2009, se hallaron guerreros sin barba, jóvenes de alrededor de 17 años.
La primera fosa tiene 230 metros de largo por 62 de ancho y contiene 6000 guerreros y caballos. Allí las figuras están dispuestas en una triple línea compuesta de 204 arqueros y ballesteros mirando al frente, seguida de treinta columnas de a cuatro, formada por soldados de infantería con 35 carros de madera tirados por cuatro caballos.
La segunda fosa contiene 1400 soldados, con una formación más compleja y con mayor variedad, incluyendo arqueros, carros y lanceros, soldados de caballería y dos comandantes.
En la tercera se encontraron 86 figuras, conocida como “la fosa de los generales”, pues se cree que representa al Estado Mayor del ejército.
Las figuras son a tamaño natural: miden 1,80 metros de altura y los uniformes reflejan los distintos rangos militares, cada una con rasgos y características diferentes.
Luego de ensamblar las piezas, cada soldado se equipaba con un arma real: arcos, lanzas, espadas y se coloreaban con esmaltes y pinturas de diferentes colores sobre una base de laca. Algunos de estos guerreros conservaron parte de esos colores, lo que permitió reconstruir su estética.
Cercar un huerto o un jardín es común; no cercar un imperio. Tampoco es baladí pretender que la más tradicional de las razas renuncie a la memoria de su pasado, mítico o verdadero. Tres mil años de cronología tenían los chinos (y en esos años, el Emperador Amarillo y Chuang Tzu y Confucio y Lao Tzu), cuando Shih Huang Ti ordenó que la historia comenzara con él.
Jorge Luis Borges, La muralla y los libros
El ejército de terracota, hoy Patrimonio de la Humanidad, generó cierto revisionismo en torno a la figura de Shi Fuang Ti, y se comenzó a destacar su papel como artífice de la unificación de los siete reinos en un único país. El resto de sus acciones, curiosas o llamativas, quedó como parte de una época y de una cultura.