Sin embargo, no hay un órgano sensorial especializado para la percepción del espacio, por lo que su representación interna es una operación cognitiva compleja; requiere que el cerebro realice una integración a gran escala de la información proveniente de distintas modalidades sensoriales. Con estos elementos construimos un mapa interno cuya naturaleza, mayormente, compartimos todos los seres humanos, aunque con algunas particularidades determinadas por factores de índole biográfica, personal y psicológica.
A través de nuestras acciones transformamos el espacio y dejamos en él una huella cargada de simbolismo. Pero, al mismo tiempo, incorporamos el propio entorno dentro de nuestros procesos cognitivos y afectivos, en un proceso de doble vía. Esto implica que el lugar no es neutro, sino que tiene un significado alegórico que se nutre de la experiencia y la cultura de quienes lo habitamos.
La antropología del espacio es la disciplina que estudia las diversas formas en que los grupos humanos comprendemos y hacemos nuestro el espacio que ocupamos, junto con el impacto que este tiene sobre nuestra vida.
En la oficina, la forma en la que percibimos el entorno está conformada por una compleja trama de momentos, interacciones y experiencias que se extiende más allá del espacio físico y del horario laboral. Algunos estudios avalan el hecho de que tanto el lugar de trabajo como la ubicación y los objetos que lo conforman son fundamentales para la experiencia personal, social y cultural de los trabajadores dentro de la empresa. Pero, al mismo tiempo, el trabajador no es un actor pasivo dentro del espacio; su misma actividad se transforma en acciones y comportamientos que también tendrán un efecto sobre el entorno.
Para que un espacio cobre significado y se convierta en “lugar”, las personas necesitan interactuar con él y hacerlo propio a través de la experiencia.
El “espacio” se puede definir mediante un abordaje científico y objetivo (geométrico y mensurable) mientras que el “lugar” -el espacio existencial- se explica en virtud del significado personal y cultural de las experiencias relacionadas con un sitio específico.
La interpretación del espacio que surge de la investigación antropológica se basa en el estudio de las personas in situ, considerando su relación con el entorno de manera holística, como un sistema de vínculos interdependientes. Así, el espacio es visto como el resultado de la acción social: de las prácticas, relaciones, experiencias, conversaciones, recuerdos, sentimientos, acciones y escenas que allí se desarrollan y que le transmiten significados particulares. Y, a su vez, el propio lugar es parte de todas estas instancias.
De acuerdo con Henri Lefebvre, “el espacio nunca está vacío: siempre encarna un significado”. La construcción social del espacio implica su transformación a través de las experiencias y las interacciones que allí se desarrollan. La apropiación de este, a través de estas conexiones, es la que da origen a los “lugares”.
De acuerdo con la definición de Marc Augé, “un lugar es un espacio dentro del cual pueden leerse algunos elementos de las identidades individuales y colectivas, de las relaciones entre los unos y los otros y de la historia que comparten”. Pero, con la llegada del Movimiento Moderno, a mediados del siglo XX, se inicia el camino hacia cierta indiferencia por el entorno contextual y simbólico. Y, aunque apegada en un principio a la antropometría y la funcionalidad, la tendencia fue dando paso al espacio de la hipermodernidad carente de identidad y simbolismo: el “no lugar” de Marc Augé; espacios vacíos de significado antropológico por los que no se siente apego.
Vale la pena considerar este concepto en el diseño del lugar de trabajo, ya que las nuevas tendencias que impulsan la no territorialidad, los escritorios compartidos, los espacios abiertos, la transparencia excesiva y la sensación de “estar de paso” pueden despersonalizar y alienar a los colaboradores, en lugar de apoyar la colaboración, la comunidad y el conocimiento compartido.
No hay que perder de vista que son las personas las que, con su impronta, sus vínculos sociales y el patrón de sus movimientos cotidianos dotan de significado al espacio y producen un lugar y un paisaje que sienten que les pertenece.
En línea con esta visión antropológica -que argumenta que los espacios se transforman en lugares en virtud del uso que hacemos de ellos- el urbanista y sociólogo estadounidense William H. Whyte comenzó, a mediados de los 70, una investigación empírica sobre el uso del espacio público en la ciudad de Nueva York (parques, plazas y otros lugares de uso social) tratando de establecer por qué algunos funcionan bien para las personas y otros no.
Los resultados de esta investigación, que se publicaron varios años después, ofrecen una gran cantidad de pistas sobre cuáles son los factores clave que hacen que las personas se sientan a gusto en un lugar. Es interesante señalar que muchos de los hallazgos de Whyte para los espacios urbanos también aplican al diseño del espacio de trabajo, incluso 40 años más tarde. Estos son algunos de ellos:
Además de ser físicamente cómodos, los lugares para sentarse deben ser socialmente amenos, lo cual significa poder elegir: sentarse al frente, atrás, a un lado, al sol, a la sombra, en grupos o solo. La elección debe integrarse en el diseño básico. Whyte aboga por el uso de sillas móviles, ya que brindan opciones más flexibles.
En síntesis, la forma en que las personas usan el espacio es un claro reflejo de sus expectativas. La relación que generan con su entorno, la construcción de sus lugares preferidos y la identificación con ese contexto están marcadas por un proceso que se retroalimenta constantemente.
Este abordaje puede resultar muy útil a la hora de darle sentido y materialidad a las necesidades y expectativas de la fuerza laboral, y es una mirada que, sin duda, debemos incorporar al momento de diseñar un lugar de trabajo efectivo.